sábado, 4 de julio de 2015

Haitianos “expulsados” de R. Dominicana denuncian trato “racista e insultos”.

SANTO DOMINGO/Almomento.net.- Haitianos que dicen haber sido repatriados de la República Dominicana dijeron al periódico Miami Herald, que se edita en Miami, que fueron objeto de un “trato racista” en este país.
En un reportaje fechado en la localidad de Fond Parisien, cerca de la frontera entre los dos países, el diario dice que en esta localidad hay 81 personas de esos repatriados, los cuales se encuentran refugiados en una escuela.
Señala que ninguna de ellas piense volver a la República Dominicana a “sufrir insultos y agresiones” y se han visto obligados “a vivir en su país de origen”.
El texto del reportaje es el siguiente:
“FOND PARISIEN, Haití.-Beltha Désir deambula por la escalera de la escuela que le sirve de refugio en esta localidad haitiana con su bebe de 10 meses en brazos: no piensa dejar ni un solo segundo al niño, único miembro de su familia con el que ha sido expulsada de República Dominicana.
La semana pasada oficiales de migración dominicanos arrestaron a esta haitiana de 30 años y la trasladaron hasta la frontera, con su bebé al cuello.
“Me dijeron que regresara a mi país: ‘vuelve a reunirte con el presidente Michel Martelly, ya no necesitamos a los haitianos. Tengas papeles o no, vete a tu casa’”, explica lentamente Beltha, que llevaba diez años viviendo en República Dominicana trabajando como vendedora callejera.
Un cambio de la política migratoria en República Dominicana vino a transformar su vida y la de los millares de extranjeros.
El Plan Nacional de Regularización de los Extranjeros (PNRE), que afecta a más de 250,000 personas sobre todo haitianos, finalizó el 17 de junio, pero muchos no pudieron concluir el trámite en el plazo fijado y serán expulsados del país. Según los servicios dominicanos, 31,225 haitianos habían regresado a su país hasta el 1 de julio.
Beltha no pudo ni siquiera avisar a su marido, que estaba apenas a 50 metros de ella cuando la detuvieron. “Ni siquiera sabe que estoy aquí, en Haití. No pude hablar con él porque no tiene teléfono”, dijo.
La haitiana expulsada tiene otros dos niños, de 5 y de 6 años, que se quedaron con su padre. “Cómo van a entender que no esté con ellos ahora”, se lamentó.
Además del dolor de estar separada y de no tener noticias de su familia, la joven tuvo que soportar insultos racistas durante todo el trayecto hasta la frontera. “Me dijeron que los dominicanos no tenían la misma sangre y que fuera a reunirme con los de mi misma sangre a Haití”, relató.
A su lado, Rose Hippolyte asiente: “Cuando ven un haitiano, los dominicanos dicen: ‘Mira ese cerdo. Haitiano diablo’”.
Con el rostro marcado por los años de trabajo en los campos de caña de azúcar, Rose describe la discriminación cotidiana: “Nos tratan como bestias. A veces, cuando nos sentamos cerca de un dominicano, se aleja para hacernos comprender que no quiere que nuestra piel roce la suya”.
Una experiencia similar vivió Francky Dorseli, quien no habla bien el creole porque solo vivió hasta los cuatro años en Haití. Hoy tiene 43 años y también le han expulsado, y no tiene noticias de su esposa y sus cuatro hijos. “Los dominicanos maltratan a los haitianos: todos los días nos insultan, a veces hasta los policías”, comentó.
Beltha, Francky, Rose y las decenas de personas que han encontrado refugio en la escuela comunitaria de Fond Bayard, en la pequeña ciudad de Fond Parisien (sureste de Haití), no pudieron ni siquiera pasar por sus casas para retirar sus pertenencias.
“Trabajé desde 1981 cortando caña de azúcar. No ganaba gran cosa pero conseguí construirme una casita”, explica Rose Hippolyte, de 52 años, quien llegó a República Dominicana cuando tenía ocho años de edad.
“Todo se quedó ahí, no tengo nada. La mujer del pastor del pueblo me ha regalado este vestido para que me pueda cambiar”, señala estirando lentamente la tela con estampado de flores sobre sus piernas.
Las escasas donaciones de la comunidad religiosa vecina y las distribuciones esporádicas de algunas ONGs y de simples ciudadanos no son suficientes para ofrecer a los refugiados unas condiciones de vida decentes. No tienen agua ni electricidad, y en dos semanas no ha pasado ningún médico a visitarlos.
Vestidos con ropas sucias, a menudo demasiado grandes para ellos, unos cuarenta niños juegan con piedras mientras los bebes están acostados sobre una losa de cemento bajo la mirada distraída de unas madres agotadas.
Ninguna de las 81 personas refugiadas en la escuela piensa volver a República Dominicana para sufrir insultos y agresiones. Obligados a vivir en su país de origen, estos expulsados desean salir de su situación sin esperar ninguna caridad.
Beltha quiere que se sepa que aún quiere y puede trabajar: “Fui supervisora en una fábrica textil y cajera de supermercado. No quiero dinero ni comida, sino un trabajo para que mis hijos y mi marido puedan venir aquí y podamos vivir juntos tranquilamente”, precisó”.

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